Horas después, frente a trescientas personas, utilizó la misma serenidad con la que anunciaba una adquisición para terminar once años de matrimonio.
Cuando Elena salió de Hacienda Alcázar aquella noche, no sabía adónde ir.
Eso fue lo único que Sebastián nunca llegó a imaginar.
Él supuso que tomaría uno de los vehículos de la familia.
Pero Elena caminó hasta el estacionamiento de servicio, llamó a un automóvil por aplicación y esperó junto a una jardinera mientras detrás de ella seguía sonando la música del salón.
El conductor llegó diecisiete minutos después.
“¿A dónde vamos, señora?”
Elena miró la pantalla de su teléfono.
Tenía decenas de mensajes.
Su hermana Mariana.
Su tía Beatriz.
Dos amigas.
La esposa de uno de los socios de Sebastián.
Incluso personas con quienes llevaba años sin hablar.