“¿La señora Elena bajará más tarde?”
Sebastián levantó la mirada.
La mujer comprendió inmediatamente.
“Perdón, señor.”
“No pasa nada.”
Pero sí pasaba.
El primer problema apareció a las nueve y veinte.
Su asistente le informó que tres invitados importantes habían cancelado reuniones previstas para aquella semana.
A las diez, su hermana Renata entró en su oficina sin tocar.
“¿Se puede saber qué demonios hiciste anoche?”
Sebastián siguió mirando la computadora.
“Mi matrimonio terminó.”
“Eso lo vimos todos.”
“Entonces no entiendo la pregunta.”
Renata cerró la puerta.
“¿Era necesario humillarla frente a trescientas personas?”
“No la humillé.”
Renata soltó una risa seca.
“Anunciaste el divorcio en medio de una cena empresarial sin hablar antes con tu esposa.”
“Necesitaba terminar con esto.”
“No. Necesitabas controlar cómo terminaba.”
Sebastián apretó la mandíbula.
“Es un asunto privado.”
“Dejó de ser privado cuando invitaste a medio Jalisco para verlo.”