Empezamos a aprendernos los nombres. Las puertas se quedaban abiertas un poco más. Personas que habían vivido durante años separadas solo por una pared empezaron a mirarse de verdad.
Un gato gordo y callejero consiguió lo que nosotros nunca habíamos hecho.
Nos convirtió en vecinos.
Yo pensaba que Paco necesitaba una casa.
Ahora creo que él sabía perfectamente lo que hacía.
No llegó a mi puerta porque estuviera perdido.
Llegó porque la señora Beltrán y yo sí lo estábamos.
Y de alguna manera, aquel gato gordito nos encontró a los dos.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Pensé que después de aquello Paco ya no podía sorprenderme más. Me equivoqué, claro. Uno no adopta a un gato como Paco. Paco te admite en su agenda y luego reorganiza tu vida sin pedir permiso.