Lo llevamos en una caja de cartón con una manta.
Paco, que siempre había caminado como un alcalde, iba en silencio.
Yo conduje.
La señora Beltrán iba detrás, con una mano metida en la caja, acariciándole la cabeza.
—Tranquilo, mi rey —le decía—. Ya nos has dado demasiadas órdenes para irte ahora sin permiso.
El veterinario era un hombre joven, con gafas y voz tranquila.
Lo examinó con cuidado.
Nos dijo que Paco era mayor.
Más de lo que parecía.
Que tenía el corazón cansado, algo de infección y que necesitaba medicación, descanso y vigilancia.
Vigilancia.
Casi me reí.
Si algo sabía hacer nuestro edificio era vigilar a Paco.
Cuando volvimos, el portal entero parecía estar esperándonos.
Don Ernesto estaba en el primer escalón.
La chica del tercero bajó con una manta limpia.