El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

El matrimonio del primero trajo un cuenco nuevo.

El vecino del ático preguntó si hacía falta subir bolsas, bajar algo o llamar a alguien.

Yo miré a la señora Beltrán.

Ella me miró a mí.

Y Paco, desde su caja, soltó un maullido flojo.

Como diciendo: “Bueno, tampoco exageréis”.

Durante los días siguientes organizamos turnos sin decir que eran turnos.

Yo le daba la medicina por la mañana, con más torpeza que éxito.

La señora Beltrán le hablaba por las tardes.

Don Ernesto se encargaba de que nadie dejara ventanas abiertas en el portal.

La chica del tercero imprimió un papel y lo puso junto a los buzones.

“Paco está descansando. Por favor, cerrar suave la puerta.”

Alguien añadió debajo, con bolígrafo:

“También conocido como Don Pelayo.”

Otro vecino escribió:

“Y Manolo.”

A los dos días el papel parecía el registro civil de un rey callejero.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *