El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Paco.

Don Pelayo.

Manolo.

El Gris.

El Jefe.

El Señor del Felpudo.

El Gordo.

Cuando lo vi, me reí por primera vez en varios días.

La señora Beltrán también.

—Mira que si al final resulta que el gato tiene más nombres que amigos teníamos nosotros —dijo.

No contesté.

Porque era verdad.

Y porque, gracias a él, eso ya no era tan cierto.

Paco fue mejorando poco a poco.

No de golpe.

No como en las películas.

Primero levantó la cabeza.

Luego volvió a comer tres bocados.

Después cinco.

Una mañana se bajó del sillón, caminó hasta mi puerta y se sentó mirando el pomo.

—No —le dije—. Tú no sales todavía.

Me miró con una decepción tan profunda que casi le pedí perdón.

—No pongas esa cara. Lo dijo el veterinario.

Paco parpadeó.

Le dio igual el veterinario.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *