No por obligación.
No porque hubiera una reunión seria.
Simplemente porque un día Don Ernesto dijo que aquello parecía triste, y por primera vez nadie respondió con un “ya veremos”.
Entre todos lijamos, limpiamos, movimos muebles y elegimos un color claro.
Los niños pintaron una pequeña silueta de gato junto al zócalo.
La señora Beltrán dijo que era una horterada preciosa.
Yo estuve de acuerdo.
Cuando terminamos, el portal olía a pintura nueva y a café.
Paco lo inspeccionó todo desde la entrada.
Caminó despacio.
Olió una esquina.
Se sentó frente al dibujo de su corona.
Y maulló.
—Aprobado —dijo Don Ernesto.
Todos aplaudimos como idiotas.
Pero a veces ser idiota con otras personas es una forma muy bonita de estar vivo.
Con el tiempo, el edificio dejó de ser solo un sitio donde dormir.
Fue cumpleaños.
Fue llaves de repuesto.