Fue “te subo la compra”.
Fue “¿has comido?”.
Fue “no abras, que ya bajo yo”.
Fue una silla en el rellano durante las tardes largas.
Fue la señora Beltrán enseñando a mi nieta a hacer croquetas.
Fue Don Ernesto fingiendo que no quería cariño y dejando que Paco se sentara sobre sus pies.
Fue mi hija llamando y preguntando:
—¿Cómo está el presidente?
Y yo contestando:
—Mandando, como siempre.
Una noche de verano, me desperté porque Paco no estaba en el sillón.
Lo encontré en el rellano.
Sentado frente a la puerta de la señora Beltrán.
No arañaba.
No maullaba.
Solo esperaba.
Bajé y llamé suave.
Ella tardó en abrir.
Cuando lo hizo, estaba pálida y apoyada en el marco.
—No me encontraba bien —susurró.
No fue nada grave, gracias a Dios.
Un mareo.
Un susto.
Pero el médico dijo que había sido bueno no esperar.