El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Yo no quise pensar demasiado en lo que habría pasado si Paco no hubiera insistido en estar donde tenía que estar.

La señora Beltrán, en cambio, sí lo pensó.

Cuando volvió a casa, le puso delante una loncha de jamón cocido y dijo:

—Gracias, don Pelayo.

Paco la olió.

Comió la mitad.

Y dejó la otra mitad.

Eso nos preocupó hasta que se la llevó cinco minutos después.

Solo estaba administrando el drama.

A partir de aquel día dejamos una llave de la señora Beltrán en mi casa y una mía en la suya.

No por miedo.

Por tranquilidad.

Por vecindad.

Por esa clase de cariño que no necesita grandes discursos.

Un año después de que Paco apareciera sobre mi felpudo, hicimos otra merienda en el portal.

Esta vez nadie tuvo que proponerla.

Simplemente ocurrió.

Cada uno bajó algo.

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