El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Los niños trajeron otro dibujo.

Esta vez Paco salía sentado sobre un edificio entero.

Debajo escribieron:

“El gato que nos encontró.”

La señora Beltrán lo leyó en voz alta.

Luego se quedó callada.

Yo también.

Porque aquella frase era exactamente la verdad.

Paco no era nuestro porque durmiera en mi sillón.

Ni porque la señora Beltrán le hablara como a un señor importante.

Ni porque todos en el edificio supiéramos qué comida le gustaba y cuál miraba con desprecio.

Paco era nuestro porque nos había enseñado a mirarnos.

A llamar a una puerta.

A preguntar dos veces cuando alguien decía “estoy bien”.

A entender que una casa puede estar llena de muebles y aun así sentirse vacía.

Y que a veces basta un gato gordo, una oreja doblada y una cara de juez cansado para empezar a arreglar lo que nadie sabía que estaba roto.

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