El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Aquella tarde, Paco se subió con esfuerzo a mi regazo.

Pesaba como un saco de patatas con opiniones.

Le acaricié la cabeza.

La señora Beltrán estaba a mi lado, sonriendo.

Don Ernesto repartía vasos.

Los niños corrían por el portal.

Las puertas estaban abiertas.

No todas.

Pero muchas.

Y eso ya era un milagro bastante grande.

Miré a Paco y pensé en aquel primer lunes.

Yo saliendo con prisas.

Él sentado en mi felpudo.

Yo creyendo que quería desayuno.

Qué poco sabía yo de los gatos.

Y qué poco sabía de mí mismo.

Paco cerró los ojos y empezó a ronronear.

Un ronroneo bajo, torpe, viejo.

El sonido más parecido a una casa que he oído nunca.

La señora Beltrán me tocó el brazo.

—¿En qué piensa?

Miré a nuestro alrededor.

Al portal pintado.

A los vecinos hablando.

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