El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

A la vida entrando por puertas que antes siempre estaban cerradas.

—En que al final Paco sí era el presidente de la comunidad —dije.

Ella se rio.

Paco abrió un ojo, como si hubiera escuchado su cargo.

Y yo, por primera vez en muchos años, no pensé en todo lo que había perdido.

Pensé en lo raro que es el mundo.

En cómo a veces la ayuda llega con bigotes.

En cómo una vida puede cambiar sin hacer ruido.

Solo con un gato sentado delante de una puerta.

Y entonces entendí algo sencillo.

Paco no necesitaba una casa.

Nosotros necesitábamos volver a abrir la nuestra.

Y él, con toda su barriga, su orgullo y su paciencia de gato viejo, se encargó de enseñarnos cómo.

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