Cosas normales.
Una tarde noté algo raro.
Paco no terminó su comida.
Ese gato, que parecía no haber perdonado jamás un plato vacío, dio tres bocados y se marchó.
Esperé unos segundos. Luego abrí la puerta y lo seguí.
Bajó despacio por el pasillo, con la cola levantada y la barriga balanceándose de un lado a otro.
Se detuvo frente al piso de la señora Beltrán.
La señora Beltrán vivía en el bajo. Tenía casi ochenta años y estaba sola desde hacía tiempo. Nos saludábamos desde hacía años, pero nunca habíamos tenido una conversación de verdad.
Así funcionaba nuestro edificio.
Uno llegaba cansado, subía con las bolsas de la compra, cerraba la puerta y desaparecía en su casa.
La señora Beltrán abrió antes de que Paco llegara a arañar la puerta.