El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

—Hombre, por fin aparece usted, don Pelayo —dijo.

¿Don Pelayo?

Casi se me caen las llaves.

Paco entró en su piso como si también tuviera despacho allí.

La señora Beltrán me vio en el pasillo y sonrió.

—¿También lo conoce usted?

—Yo lo llamo Paco —dije.

Se echó a reír con tantas ganas que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.

—Paco —repitió—. Pues también le pega.

Le pregunté si era suyo.

La sonrisa se le hizo más pequeña.

—No, hijo. Este no es de nadie. O quizá es un poquito de quien lo necesita. Viene todas las tardes desde que murió mi marido.

No supe qué decir.

Miré a Paco. Ya se había acomodado sobre una toalla doblada, junto a su sillón.

—Se queda diez minutos —dijo ella—. Solo diez. Pero a veces diez minutos bastan para que una casa no parezca tan vacía.

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