Aquella frase me golpeó más de lo que esperaba.
Porque la entendí.
Mi mujer llevaba seis años muerta. Mi hija vivía lejos, con su marido, sus niños, su trabajo y sus prisas.
Me llamaba. Me quería. Eso nunca lo dudé.
Pero tenía su vida.
Yo decía que estaba bien solo.
Y casi siempre era verdad.
Pero algunos días el silencio no parecía tranquilidad. Parecía una habitación sin puerta.
Y aquel gato gris y gordo lo había entendido antes que yo.
Desde aquella tarde, la señora Beltrán y yo empezamos a hablar más.
Al principio, solo de Paco.
—¿Ha ido a verle esta mañana?
—¿Ha comido bien?
—¿También le pone a usted esa cara?
Luego fue un café los sábados. Un plato de caldo cuando a uno de los dos le sobraba comida. Un toque en la puerta si alguna luz no se encendía a la hora de siempre.