Todo por culpa de un gato callejero con patas blancas y barriga de cojín.
Hasta que una mañana Paco no apareció.
No había bola gris encima de mi felpudo.
No había oreja doblada.
No había mirada de reproche.
Me dije que no pasaba nada.
Al mediodía ya estaba inquieto.
Por la tarde, la señora Beltrán salió al pasillo con su toalla doblada entre las manos.
—No ha venido —dijo.
Lo buscamos juntos por todo el edificio.
Lo llamamos por sus dos nombres, porque al parecer aquel gato llevaba una doble vida.
—¡Paco!
—¡Don Pelayo!
Un maullido pequeño respondió desde detrás de unos trastos junto a la escalera.
Allí estaba.
Encajado entre dos cajas viejas, con cara de estar profundamente ofendido.
No estaba herido. No parecía asustado.
Solo indignado.
Tuvimos que apartar las cajas entre los dos para sacarlo. Cuando por fin salió, sacudió una pata, levantó la cola y pasó por delante de nosotros como si los que daban vergüenza fuéramos nosotros.