El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

La señora Beltrán empezó a llorar.

Luego se rio.

Y luego volvió a llorar.

Esa noche subí a Paco a mi piso.

Entró como si llevara años pagando comunidad, se subió con esfuerzo a mi viejo sillón, dio dos vueltas y dejó caer todo su cuerpo como un saco caliente de ropa limpia.

Miré a la señora Beltrán.

—Creo que ahora vive aquí —dije.

Ella se secó los ojos.

—Vale. Pero yo quiero derecho de visita.

Y así quedó la cosa.

Paco dormía por las tardes en mi sillón. Por las noches bajaba a ver a la señora Beltrán. Los sábados, a veces, nos sentábamos los tres en el rellano, como la familia más rara del edificio.

Poco a poco, otros vecinos empezaron a pararse.

Uno lo acariciaba.

Otro preguntaba cómo se llamaba.

Alguien del segundo confesó que allí lo llamaban Manolo.

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