Y tampoco seguiría permitiendo que nuestras familias creyeran que continuaban siendo pareja.
Ahí empezó la discusión.
Mi hijo le pidió una semana más.
Ella se negó.
Luego pidió que esperara hasta el final de esa etapa de rehabilitación.
Ella volvió a negarse.
Finalmente le pidió que no dijera nada sobre la ruptura, al menos hasta que él pudiera caminar sin ayuda.
«¿Por qué?» pregunté.
Se quedó viendo sus propias manos.
«Porque no quería que todos supieran que estaba pasando por esto sin novia.»
La respuesta me dolió más de lo que esperaba.
No por orgullo.
Por miedo.
Mi hijo siempre había sido independiente.
Había esperado años para comprar aquella moto.
Le gustaba decidir adónde iba, cuándo salía, cuánto tardaba.
Después del accidente, de pronto necesitaba que alguien acomodara una almohada, acercara una botella de agua o esperara afuera mientras hacía ejercicios que antes habría considerado ridículos.