Traían a un hombre mayor, empapado, con los zapatos cubiertos de lodo. Lo habían encontrado desorientado cerca de una parada de autobús. No llevaba teléfono ni identificación.
Lo acomodamos en el cubículo cuatro.
Tenía las manos heladas y un pulso débil. Mientras le quitábamos el saco mojado, abrió los ojos.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
Tardó en responder.
—Ernesto.
—Soy Lucía, don Ernesto. Voy a ayudarlo.
Le puse una cobija y avisé a la médica de guardia. Él me sujetó los dedos con una fuerza inesperada.
—Me duele aquí.
Se señaló el pecho.
Cárdenas apareció antes de que llegara la doctora.
Miró los zapatos, la ropa vieja y el espacio vacío donde debía estar el nombre completo del paciente.
—¿Quién autorizó ocupar este cubículo?
Le expliqué cómo había llegado.
—Necesita valoración inmediata.