Le acomodé el suéter para que no viera que se me estaban llenando los ojos.
En el hospital, mi compañera Adriana me esperaba con una torta envuelta en una servilleta.
—Come antes de entrar. Cárdenas viene insoportable.
No era novedad. Al doctor le importaba mucho la reputación del hospital, pero parecía medirla por los apellidos de quienes ocupaban las camas.
Esa noche vi cómo conseguía una habitación privada para el padre de un integrante del consejo, mientras una señora con dolor en el pecho llevaba horas esperando.
Cuando pedí que la valoraran de nuevo, Cárdenas revisó su expediente.
—Primero resuelve lo del depósito.
Adriana esperó a que se alejara.
—Ya avisé a la doctora de guardia. Tú procura no enfrentarlo hoy.
Yo también quería pasar inadvertida. Necesitaba conservar el empleo. Necesitaba aquella quincena.
Entonces llegaron los paramédicos.