Me despidieron por salvar a un anciano sin identificación mientras mi mamá se quedaba sin medicinas; al amanecer, un hombre de traje llegó a buscarlo y el director del hospital descubrió a quién había dejado abandonado en una camilla

—Necesita que localicen a un familiar que responda por él.

—Mientras tanto, sigue siendo nuestro paciente.

Su mirada se endureció.

—No te corresponde decidir cómo se administra este servicio.

Ordenó preparar su traslado a otra institución. Don Ernesto apenas podía contestar preguntas; enviarlo en ese estado me pareció una locura.

Pedí que primero lo estabilizaran.

Cárdenas me llevó unos pasos hacia el pasillo.

—Tienes reportes por cuestionar indicaciones, Lucía. No provoques otro problema.

Regresé junto a la camilla con las piernas flojas.

Don Ernesto había escuchado.

—No quiero meterla en dificultades.

Le acomodé la cobija.

—Ahorita preocúpese por respirar despacio.

En su mano llevaba un anillo gastado.

Me contó, entre pausas, que su esposa había fallecido tres años antes. Aquella tarde había salido a caminar por un lugar que frecuentaban juntos. Después recordaba lluvia, un mareo y nada más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *