Mi celular vibró.
Era mi mamá.
—Perdóname, hija. Solo quería preguntarte si mañana sí podrás pasar a la farmacia.
Me alejé lo suficiente para que no escuchara los monitores.
—Sí, mamá.
No sabía cómo iba a cumplirlo.
Al volver, encontré a don Ernesto inmóvil.
Lo llamé. No respondió.
Pedí ayuda, comprobé que no respiraba normalmente y busqué el pulso.
Nada.
Activé la alarma.
Cárdenas estaba en la entrada del cubículo cuando puse las manos sobre el pecho del anciano.
Entonces pronunció la amenaza.
Por un instante vi a mi madre contando aquellas dos tabletas.
Después miré el rostro de don Ernesto.
Comencé las compresiones.
Adriana entró empujando el carro de emergencias. La doctora Salas llegó detrás de ella y tomó el mando. Trabajamos hasta que volvió el pulso.
Cuando por fin levanté las manos, me temblaban tanto que no pude quitarme los guantes.