Aquello me hizo confiar en él. No fingía que haber sido maltratado durante una noche lo volviera experto en la vida de quienes llegaban allí sin dinero.
Estaba reconociendo lo que había permitido desde lejos.
Antes de marcharme, le pedí algo.
—Había una señora esperando por dolor en el pecho. No sé qué pasó con ella.
Gabriel salió a averiguarlo.
La doctora Salas había conseguido atenderla. Seguía ingresada y estaba estable.
Entonces sí pude irme a casa.
Encontré a mi mamá junto a la máquina de coser, apagada desde hacía meses. Había pasado la mañana sentada allí, esperándome.
Dejé la bolsa sobre la mesa y me arrodillé a su lado.
—Ya no tienes que contar las pastillas para que duren más.
Me miró sin comprender.
Se lo expliqué despacio. Ella me tocaba la cara mientras yo hablaba, como si necesitara asegurarse de que de verdad había regresado.