Le acomodé la cobija.
—Ahorita preocúpese por respirar despacio.
En su mano llevaba un anillo gastado.
Me contó, entre pausas, que su esposa había fallecido tres años antes. Aquella tarde había salido a caminar por un lugar que frecuentaban juntos. Después recordaba lluvia, un mareo y nada más.
Mi celular vibró.
Era mi mamá.
—Perdóname, hija. Solo quería preguntarte si mañana sí podrás pasar a la farmacia.
Me alejé lo suficiente para que no escuchara los monitores.
—Sí, mamá.
No sabía cómo iba a cumplirlo.
Al volver, encontré a don Ernesto inmóvil.
Lo llamé. No respondió.
Pedí ayuda, comprobé que no respiraba normalmente y busqué el pulso.
Nada.
Activé la alarma.
Cárdenas estaba en la entrada del cubículo cuando puse las manos sobre el pecho del anciano.
Entonces pronunció la amenaza.
Por un instante vi a mi madre contando aquellas dos tabletas.