Después miré el rostro de don Ernesto.
Comencé las compresiones.
Adriana entró empujando el carro de emergencias. La doctora Salas llegó detrás de ella y tomó el mando. Trabajamos hasta que volvió el pulso.
Cuando por fin levanté las manos, me temblaban tanto que no pude quitarme los guantes.
Cárdenas esperó a que trasladaran al paciente.
Luego extendió la mano.
—Tu gafete.
—Doctor, mi mamá depende de…
—Debiste pensarlo antes de desobedecer.
Dejé el gafete sobre su palma.
Ya estaba junto a la salida cuando escuché unos pasos apresurados. Un hombre de traje acababa de entrar, acompañado por el administrador.
Llevaba en la mano una fotografía.
Era don Ernesto.
Al verme, preguntó:
—¿Usted es la enfermera que lo atendió?
Asentí, sin entender.
El hombre miró el uniforme, mis ojos hinchados y la bolsa donde acababa de guardar mis cosas.
—Entonces necesito saber por qué están echando a la persona que acaba de salvarle la vida al fundador de este hospital.