Me despidieron por salvar a un anciano sin identificación mientras mi mamá se quedaba sin medicinas; al amanecer, un hombre de traje llegó a buscarlo y el director del hospital descubrió a quién había dejado abandonado en una camilla
PARTE 1
La noche que salvé a don Ernesto, me quedaban ciento ochenta pesos en la bolsa y dos días de medicamento para mi mamá.
Mi jefe lo sabía.
Por eso, cuando el anciano dejó de respirar, no necesitó levantar la voz para detenerme.
—Si empiezas a reanimarlo, mañana ya no trabajas aquí.
Tenía las manos suspendidas sobre el pecho de aquel hombre. Detrás de mí estaba el doctor Mauricio Cárdenas, jefe de Urgencias del Hospital Santa Lucía, en Puebla. Frente a mí, alguien se estaba apagando.
Y en mi celular seguía abierta una fotografía del medicamento que mi madre necesitaba.