Me despidieron por salvar a un anciano sin identificación mientras mi mamá se quedaba sin medicinas; al amanecer, un hombre de traje llegó a buscarlo y el director del hospital descubrió a quién había dejado abandonado en una camilla

Me llamo Lucía Mendoza. Tenía treinta y un años y llevaba dos doblando turnos para sostener nuestra casa.

Antes de enfermarse, mi mamá cosía uniformes escolares. Con sus encargos había pagado mis estudios de Enfermería y llenado una alcancía donde escribió, con plumón negro: “Para cuando mi hija sea doctora”.

Después llegaron su enfermedad, las consultas y los gastos que nunca terminaban.

La alcancía se vació antes de que yo pudiera presentar el examen de admisión.

Aquella tarde, antes de salir, la encontré contando tabletas sobre el mantel.

Cuando me vio, cerró el puño.

—¿Cuántas quedan, mamá?

—Las necesarias.

Le abrí suavemente la mano. Había dos.

La caja costaba más de tres mil pesos. Faltaban nueve días para la quincena.

—Mañana las consigo —le prometí.

Ella me acarició la muñeca.

—No quiero que te acabes por cuidarme.

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