—Yo puedo irme esta tarde. Ellos tienen que seguir trabajando aquí.
No me salió ninguna frase más.
Tampoco hacía falta.
El traslado se reprogramó para el día siguiente mientras concluían los trámites.
Volví a mi alojamiento con el uniforme húmedo cerca de una rodilla y un cansancio desproporcionado para lo que había ocurrido.
Afuera empezaron a circular versiones.
Una compañera me escribió para preguntarme si era cierto que yo había resultado ser oficial encubierta.
Otra escuchó que había hecho destituir a un capitán con una llamada.
No contesté enseguida.
Me senté en la cama y saqué la caja.
La condecoración seguía donde la había guardado esa mañana.
Debajo estaba la fotografía.
Tres compañeros frente a un vehículo, antes de una salida.
Uno de ellos era Tomás Leal.
Yo tenía veinte años cuando ocurrió lo que después resumieron en un documento solemne.