Me tiró la comida al suelo porque creyó que una sargento desconocida no merecía aquella mesa; entonces un general se acercó, pronunció mi nombre y reveló por qué llevaba años escondiendo una pequeña caja en el fondo de mi mochila.

La ceremonia vino mucho después.

Yo nunca logré separar el brillo de aquella medalla del polvo que recordaba bajo las uñas.

Por eso la guardaba.

O eso me decía.

Llamé a Elena, una compañera de Sanidad que se había convertido en mi familia.

Estaba cerca, terminando una comisión.

Al escucharme, preguntó:

—¿Quieres compañía?

Esa vez dije que sí.

Llegó con café y pan dulce. Se sentó junto a mí sin pedir que empezara por la parte heroica.

Le conté lo del comedor.

Cuando intenté bromear sobre mi mala elección de mesa, negó con la cabeza.

—Te lastimó, Lucía. Puedes decirlo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Había pasado el día entero siendo la persona serena que todos esperaban.

Ya no tenía fuerzas para seguir representándola.

—Me cansé —admití—. De tener que demostrar que merezco estar donde estoy.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *