Elena me tomó la mano.
No habló de medallas.
Esperó.
Más tarde preguntó si quería saludar a Tomás por videollamada.
Asentí.
Su cara apareció en la pantalla junto a una pared llena de dibujos infantiles. Había dejado el servicio por las secuelas de aquella lesión. Tenía esposa, dos hijos y una risa que todavía reconocía desde lejos.
—Me contaron que tu comida terminó en el suelo —dijo.
—Ni siquiera había probado la salsa.
Sonrió, pero enseguida se puso serio.
—¿Estás bien?
Aquella pregunta, hecha por él, terminó de romper mi resistencia.
Detrás de la pantalla pasó una niña buscando un lápiz. Tomás la llamó.
—Saluda a Lucía.
La pequeña levantó la mano y volvió corriendo a lo suyo.
Él la siguió con los ojos.
Después me miró.
—Hay días en que esto todavía me parece imposible.