Yo sabía a qué se refería.
A estar allí.
A escuchar pasos infantiles por el pasillo.
A preocuparse por una tarea escolar.
Guardé silencio, pero esta vez no me escondí dentro de él.
Dejé que me viera llorar.
Barragán pidió hablar conmigo a la mañana siguiente, en un área común.
Acepté.
No traía a nadie para presenciarlo.
—Quiero disculparme —dijo—. No por desconocer su trayectoria. Por lo que hice.
Lo escuché.
—He estado pensando en la soldado Molina.
—Sería bueno que hablara con ella.
Asintió.
Después preguntó cómo había podido mantenerme tan tranquila.
Miré mis manos.
—No estaba tranquila, capitán. Estaba decidiendo qué hacer con lo que sentía.
Pareció considerar aquella diferencia.
—Creo que hace mucho dejé de preguntarme qué sentían los demás cuando me escuchaban.
No le ofrecí absolución.
Yo solo era una de las personas que había encontrado en su camino.