Me tiró la comida al suelo porque creyó que una sargento desconocida no merecía aquella mesa; entonces un general se acercó, pronunció mi nombre y reveló por qué llevaba años escondiendo una pequeña caja en el fondo de mi mochila.

Encontré una silla vacía junto a las ventanas.

Me senté.

No había un letrero, una indicación ni una persona esperando ocuparla.

Dejé la mochila junto a mis botas y empecé a comer.

Apenas llevaba unos bocados cuando una sombra cubrió mi plato.

Era Barragán.

Miró mi apellido, mis insignias y la silla.

—¿Quién le autorizó sentarse aquí?

Levanté la vista.

—Vi el lugar desocupado, mi capitán.

Sonrió sin amabilidad.

—Eso ya lo veo.

Las conversaciones cercanas empezaron a apagarse.

—Estas mesas las utiliza personal de mayor antigüedad.

—Si existe una disposición, me cambio.

Yo estaba cansada y todavía tenía que trasladarme. No quería discutir por una silla.

Pero mi respuesta pareció molestarlo más.

—El problema con ustedes es que llegan y creen que todo les corresponde.

Miré alrededor.

Nadie comía ya en las mesas próximas.

Sentí aquella vergüenza extraña que aparece incluso cuando una sabe que no ha hecho nada malo.

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