Barragán se cuadró.
El general observó el piso y después me miró.
Su expresión cambió.
—Sargento Salgado —dijo—. ¿Todavía lleva aquella caja consigo?
Mi mano se cerró sobre la correa de la mochila.
Él conocía lo que guardaba dentro.
Y yo comprendí que, en unos segundos, todo el comedor también lo sabría.
—Sí, mi general —respondí.
Barragán miró de mi mochila al rostro de Aranda.
—Mi general, estaba explicándole a la sargento cómo se organiza este comedor…
—Vi lo que hizo, capitán.
No levantó la voz.
No necesitó hacerlo.
Se acercó un poco más a mí.
—¿Se encuentra bien?
Asentí.
Quería decirle que no sacara aquella historia. Que bastaba con recoger la charola, comer en otro sitio y marcharme.
Pero él ya había visto mi expresión.
—No tiene que mostrar nada —me dijo.
Sentí un pequeño alivio.