Desde mi oficina presioné el botón del intercomunicador.
“Déjalos subir.”
El elevador privado comenzó a ascender.
Vi la grabación mientras los números aumentaban: 30, 40, 50, 60.
Mi madre dejó de hablar.
Claudia no apartaba los ojos del suelo.
Mi padre seguía fingiendo que nada le impresionaba, pero se ajustó el cuello de la camisa tres veces antes de llegar.
Cuando las puertas se abrieron, Mauricio los condujo hasta la sala del consejo.
Yo estaba sentada al extremo de una mesa enorme, con la ciudad extendiéndose detrás de mí.
Arturo se detuvo.
Beatriz abrió ligeramente la boca.
Claudia parecía querer desaparecer.
No me levanté.
“Bienvenidos a mi miserable vida.”
Durante unos segundos nadie habló.
Después apareció algo que conocía demasiado bien.
La codicia.
Mi padre miró la oficina, la vista y la mesa.
Entonces sonrió.
“Siempre supe que tenías talento.”
Casi me reí.