Mi papá compró un depto de 4 recámaras y me olvidó al contar. Me mandó a dormir al balcón en un catre oxidado. Cuando vi mi firma falsificada para venderme a Dubái, hice mis maletas.

— ¿Y si no quiere irse a Dubai? — preguntó mi papá.

— Va a querer — dijo mi mamá —. Si no, le digo que si no se va, que se vaya de la casa de una vez. Sin cuarto y sin trabajo, ¿a dónde se va a ir? Va a tener que obedecer.

Me tapé la boca para no gritar.

Al día siguiente hice lo que nunca había hecho: revisé el cajón de los papeles importantes de mi mamá. Encontré mi acta de nacimiento, mi CURP y, debajo, una impresión de mi carta de aceptación de Melbourne. La habían abierto. La habían leído. Y la habían escondido.

Tenían mi correo abierto en su computadora. Mi contraseña era la fecha de cumpleaños de Valentina. Nunca la cambié.

Sabían de mi beca. Sabían que me iba. Y por eso habían acelerado lo de Dubai. Querían atarme antes de que me fuera.

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