Guardé todo como estaba. Tomé fotos con mi celular. Fui a una papelería e imprimí todo, hice copias de mi pasaporte, de mi beca, de la carta falsa.
Esa tarde, mi mamá me llamó a la sala. Estaban los cuatro sentados, como en un juicio.
— Daniela, ya decidimos. El lunes vas a la agencia. Y esta semana desocupas el balcón porque llega la caminadora.
Mi papá no me miró a los ojos.
— Es por tu bien, hija.
Miré el catre oxidado, la sala llena de cosas nuevas que no eran mías, las cuatro puertas cerradas que nunca se abrieron para mí.
— Está bien — dije con la voz más tranquila que pude —. El lunes voy.
Mi mamá sonrió victoriosa.
— Así me gusta. Que seas obediente.
Lo que no sabían era que el lunes yo no iba a ir a la agencia de Dubai. Iba a ir a otro lado. Y esa noche sería la última que dormiría en ese balcón.