Porque al día siguiente, cuando abrieron la puerta de mi recámara en Melbourne por videollamada, entendí que mi verdadero hogar no estaba aquí. Pero antes de irme, tenía que hacer algo que los dejaría helados.
Y la tensión en esa casa estaba a punto de estallar…
El lunes no fui a la agencia. Me levanté a las cinco de la mañana, me puse mi ropa en una maleta que había comprado a escondidas en el tianguis, metí mis copias, mi pasaporte y mi celular roto en mi mochila.
Dejé una carta sobre el catre oxidado. Una sola hoja.
No era una carta de odio. Era una carta de cuentas claras.
“Ma, Pa:
Me voy. No a Dubai. Me voy a Melbourne con una beca completa que gané yo sola, estudiando a escondidas mientras ustedes me decían que aguantara.
Durante 22 años me enseñaron que ser la mayor era aguantar, ceder, entender. Entendí que no había regalo para mí porque era la mayor. Entendí que debía dormir atrás en la foto porque los niños se veían mejor. Entendí que no merecía celular nuevo porque me distraería. Entendí que no merecía cuarto porque era sensible.