Cuando aterricé en Melbourne, una chica de la universidad me esperaba con un letrero: DANIELA HERNÁNDEZ – BIENVENIDA. Me llevó a la residencia de estudiantes. Subimos al segundo piso. Abrió una puerta pequeña, blanca, con una ventana grande.
Tenía una cama con edredón limpio, un escritorio de madera, un armario vacío esperándome y una lámpara cálida.
Y en la puerta, el papelito que ya había visto en foto: DANIELA HERNÁNDEZ.
Me tiré en la cama y lloré como nunca. Era la primera vez en mi vida que alguien había escrito mi nombre en una puerta para decirme: este espacio es tuyo. Nadie te lo está prestando.
Los primeros días fueron duros. Extrañaba el ruido de Querétaro, los tacos de la esquina, incluso el olor del suavitel de mi mamá. Pero cada mañana me despertaba y veía mis cosas en MI armario. Estudiaba en MI escritorio. Cerraba MI puerta.