Mi papá sacó una llave y dijo:
— Esta será el estudio y la oficina. Aquí voy a poner mi librero y la computadora para el trabajo.
Me quedé helada.
— Pa, ¿y mi cuarto dónde está?
Se quedó callado. Miró las cuatro puertas y empezó a contar con el dedo. Uno, dos, tres, cuatro.
Se rascó la cabeza.
— ¡Ah, chingao! ¡Se me olvidó contarte!
Se echó a reír. Marco se rió. Mi mamá también sonrió como si fuera un chiste.
Yo no me pude reír.
— ¿Dónde voy a dormir entonces?
— Pues te puedes quedar con Valentina un rato.
Valentina hizo cara de asco.
— ¡Ay no! ¡Guácala! Tiene un buen de ropa vieja, va a arruinar la estética de mi cuarto.
Mi papá miró a Marco.
— ¿Y contigo, hijo?
— ¡Pa, no manches! ¡Ya estoy en la universidad, necesito privacidad!
Mi papá asintió como si sus razones fueran muy importantes. Se fue a la bodega y regresó arrastrando el catre oxidado. Lo puso en el balcón, junto a la puerta corrediza.