Al día siguiente me llegó otro correo de la universidad con la foto de mi alojamiento. Un cuarto pequeño pero mío. Con cama, escritorio, armario. Y en la puerta, un papelito pegado: DANIELA HERNÁNDEZ.
Lloré.
En un país que no conocía, alguien ya había preparado un cuarto para mí. Mientras en mi propia casa me olvidaron al contar.
De repente se abrió la puerta del balcón. Era mi mamá con la ropa nueva de Valentina.
— Daniela, mueve tus cajas, aquí voy a tender la ropa de tu hermana.
Moví las cajas en silencio. Vio mi celular.
— ¿Qué ves?
— Un trámite de trabajo. Me voy lejos.
— Qué bueno. Así ya vas a poder aportar aquí a la casa.
Luego señaló el catre.
— Ah, y te aviso. El mes que entra vamos a poner aquí la caminadora y las pesas de tu papá. Así que ve viendo a dónde te vas a ir.