—No.
—Los primeros seis meses mandé investigadores. Creí que te habías ido a Europa con alguien. Mi madre me entregaba reportes. Todos decían que no había rastro real, que usabas nombres falsos, que no querías ser encontrada.
—Yo estaba en Vancouver trabajando en una lavandería con tres bebés prematuros.
El rostro de Leonardo cambió.
—¿Prematuros?
—Treinta y cuatro semanas.
Su respiración se cortó.
—¿Estuvieron en incubadora?
—Dos semanas.
—¿Tú estabas sola?
—Sí.
Una sola sílaba.
Y aun así, todo en él pareció hundirse.
—Ethan dejó de respirar una noche —dije, mirando a mi hijo mayor—. La enfermera lo reanimó. Caleb no podía alimentarse bien. Adrian pesaba menos de dos kilos. Yo no dormí durante diez días. No tenía suficiente leche. No tenía dinero para pagar todas las cuentas médicas. Vendí mi anillo.
Leonardo miró mi mano.
Por primera vez notó, quizá de verdad, la ausencia.