—Yo guardé el mío —susurró.
—Lo sé.
—¿Por qué no vendiste la patente después? ¿Por qué no aceptaste la oferta de Lancaster Group?
—Porque ya había vendido lo único que me quedaba de nuestro matrimonio para mantener vivos a nuestros hijos. No iba a venderte también mi orgullo.
Ethan bajó la cabeza.
Adrian se limpió discretamente una lágrima.
Caleb se mantuvo inmóvil, pero sus dedos golpeaban la rodilla en un ritmo nervioso.
Leonardo apoyó una mano sobre el borde de la mesa.
—No puedo cambiar eso.
—No.
—No puedo devolver los nacimientos. Las incubadoras. Los cumpleaños. Las noches.
—No.
—Pero puedo estar ahora.
Ethan levantó la mirada.
—¿Y qué significa “estar” para alguien como usted?
Leonardo respiró hondo.
—Significa empezar por no exigir.
Caleb observó con atención.
—¿No exigirá custodia?
—No.
—¿No intentará llevarnos a su casa?
—No.
—¿No usará abogados para presionar a mamá?