—Sofía —dijo en voz baja—, hay algo que debes saber.
Me tensé.
—Vanessa Hart nunca fue mi prometida. Nunca hubo una boda planeada. Mi madre lo intentó, sí. La junta lo presionó, también. Pero nunca la toqué.
No respondí.
—Después de que te fuiste, Vanessa quiso quedarse. Dijo que podía ayudarme a olvidar. La eché de mi casa.
—Demasiado tarde para mí.
—Sí.
—¿Dónde está ahora?
—Casada en Londres. Dos hijos. Una fundación de arte.
La normalidad de esa respuesta me dio náuseas.
Vanessa siguió viviendo.
Victoria siguió gobernando.
Leonardo siguió construyendo imperios.
Y yo contaba monedas para comprar leche de fórmula.
—Quiero pruebas —dije.
—Las tendrás.
—No para mí. Para ellos. Algún día van a preguntar quién destruyó su familia antes de que nacieran.
Leonardo asintió.
—Les daré todo.
Ethan se inclinó hacia delante.
—También queremos saber por qué dijo que nadie era digno de su sangre.