Pero no explicaba los cuatrocientos mil pesos.
Mariana finalmente aceptó reunirse conmigo esa tarde, en el despacho de su propia abogada.
Llegó con los ojos hinchados.
—¿Cómo está Sofía?
—Segura.
Bajó la cabeza.
—¿Puedo verla?
—Cuando lo autoricen y con supervisión.
—Soy su madre.
—Precisamente por eso me cuesta entender lo que hiciste.
Mariana empezó a llorar.
No levanté la voz.
—¿Por qué le transferiste dinero a Sergio?
Se secó la cara.
—Tenía deudas.
—Eso explica veinte mil pesos. No cuatrocientos dieciocho mil.
Silencio.
—Mariana.
—Pidió dinero a gente que no debía.
—¿Y decidiste vaciar nuestros ahorros?
—Pensé que me los devolvería.
—¿También pensaste que después de empujar a Sofía era buena idea dejarlo entrar otra vez a nuestra casa?
Se quedó inmóvil.
Ahí estaba el punto que no podía esquivar.
—La primera vez… —dijo— yo creí que había sido un accidente.