—Sofía te dijo que la empujó.
—Sergio juró que sólo intentó detenerla.
—¿Y tú elegiste creerle a él?
Mariana empezó a respirar rápido.
—Es mi hermano.
—Ella es tu hija.
No respondió.
—¿Por qué estaba usando mi computadora?
Se cubrió la cara con ambas manos.
—Porque quería que lo ayudara con una deuda de su negocio.
—¿Qué negocio?
—No existía realmente.
Aquello me desconcertó.
Mariana explicó que Sergio había dicho a varias personas que conseguiría contratos de mantenimiento gracias a mis contactos. Para sostener la mentira, necesitaba cotizaciones reales, formatos y nombres de clientes. Según ella, nunca llegó a firmar nada en mi nombre, pero había mostrado documentos de mi empresa para convencer a terceros de que tenía proyectos por cobrar.
—¿Lo sabías?
—Al principio, no.
—¿Y después?
Sus ojos se llenaron de vergüenza.
—Sí.
Sentí náuseas.