Sentí que algo dentro de mí se acomodaba de una forma terrible.
Ya no era la versión de una niña contra la de dos adultos.
Mariana acababa de reconocer por escrito que sabía del incidente.
Guardé capturas y se las mostré a la trabajadora social.
Después presenté una denuncia formal ante la Fiscalía. Nadie salió corriendo a arrestar a Sergio. Un agente tomó mi declaración, pidió copia del informe médico y solicitó que la entrevista de Sofía se manejara mediante personal especializado para no hacerla repetir la historia una y otra vez.
Esa misma noche llamé a mi abogada, Claudia Esquivel.
—Quiero que Sofía duerma conmigo y que ni Mariana ni Sergio puedan llevársela sin supervisión mientras esto se aclara.
—Vamos a pedir medidas provisionales —me respondió—. Pero no conviertas esto en una guerra personal. Guarda todo y no amenaces a nadie.
Fue el mejor consejo que pude recibir.
Sofía se quedó hospitalizada en observación.
Cerca de medianoche preguntó:
—Papá, ¿puedes cambiar la cerradura?
—Claro.
—Para que mi tío ya no entre.
La miré.
—¿Tiene llave?
—Tiene una plateada.
Las llaves de nuestra casa eran negras.
—¿Quién se la dio?
—No sé. Pero a veces venía cuando mamá no estaba.
Mi estómago se apretó.
—¿Y qué hacía?
—Entraba a tu despacho.
Aquella madrugada, mientras Sofía dormía, revisé desde el celular los movimientos de la cuenta de ahorro que Mariana y yo usábamos para emergencias y para la universidad de nuestra hija.
Había transferencias que yo no reconocía.
Ochenta mil.
Sesenta mil.
Cuarenta y cinco mil.
Treinta mil.
Todas durante los últimos cinco meses.
Todas a la misma cuenta.
El beneficiario aparecía con dos palabras que conocía demasiado bien:
SERGIO MENDOZA.
El total superaba los cuatrocientos mil pesos.
Pero lo que terminó de helarme fue la fecha de la transferencia más grande.
Se había realizado cuarenta minutos después de que Sergio empujara a Sofía en las escaleras.
PARTE 3
A las siete de la mañana ya no tenía ninguna duda de que los golpes, las mentiras y el dinero estaban conectados.
Lo que aún no sabía era cómo.
No desperté a Sofía para preguntarle nada más. Llamé a mi madre para que se quedara con ella cuando le dieran de alta y después me reuní con Claudia, mi abogada.