Papá… me duele tanto la espalda que no puedo dormir. Mamá me dijo que no te lo contara». Acababa de regresar de un viaje de negocios cuando mi hija de ocho años me reveló en voz baja el secreto que su madre nunca quiso que yo escuchara.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no entiendes.

—Explícame.

Abrió la boca, pero miró primero a Sofía.

Ese gesto me confirmó que ocultaba algo.

—Fue un accidente.

—¿Por qué le dijiste que no me contara?

No respondió.

Me llevé a Sofía.

En urgencias, una doctora la examinó y solicitó radiografías. Mientras esperábamos, Sofía no soltó mi mano.

La doctora regresó cuarenta minutos después.

—Señor Salgado, el golpe reciente parece una contusión fuerte. Por fortuna no vemos lesión vertebral aguda.

Casi pude respirar.

Pero ella no había terminado.

—Hay otra cosa.

Giró el monitor.

—Aquí se observa una fractura antigua en una costilla posterior. Ya está consolidando.

La miré sin entender.

—¿Antigua de cuánto tiempo?

—Probablemente entre cuatro y seis semanas.

Entonces recordé una noche de principios de agosto.

Sofía había amanecido adolorida después de, según Mariana, resbalar en las escaleras.

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