Papá… me duele tanto la espalda que no puedo dormir. Mamá me dijo que no te lo contara». Acababa de regresar de un viaje de negocios cuando mi hija de ocho años me reveló en voz baja el secreto que su madre nunca quiso que yo escuchara.

Yo estaba en Querétaro ese día.

Mariana había salido a una cita con el dentista.

Pero Sofía no estaba sola.

Su tío Sergio había pasado toda la tarde con ella.

PARTE 2

La doctora debió notar mi expresión.

—¿Hay algo que deba saber?

—No estoy seguro.

El hospital activó su protocolo. Una trabajadora social habló primero conmigo y después con Sofía, sin Mariana presente. También informaron a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes para valorar medidas de protección.

Yo quería respuestas inmediatas.

Pero entendí que presionar a mi hija era exactamente lo que no debía hacer.

La trabajadora social, la licenciada Robles, empezó preguntándole por la escuela, sus amigas y sus clases de dibujo. Sólo después mencionó el golpe antiguo.

—Sofía, ¿recuerdas cuando te lastimaste en las escaleras?

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