Esa misma noche llamé a mi abogada, Claudia Esquivel.
—Quiero que Sofía duerma conmigo y que ni Mariana ni Sergio puedan llevársela sin supervisión mientras esto se aclara.
—Vamos a pedir medidas provisionales —me respondió—. Pero no conviertas esto en una guerra personal. Guarda todo y no amenaces a nadie.
Fue el mejor consejo que pude recibir.
Sofía se quedó hospitalizada en observación.
Cerca de medianoche preguntó:
—Papá, ¿puedes cambiar la cerradura?
—Claro.
—Para que mi tío ya no entre.
La miré.
—¿Tiene llave?
—Tiene una plateada.
Las llaves de nuestra casa eran negras.
—¿Quién se la dio?
—No sé. Pero a veces venía cuando mamá no estaba.
Mi estómago se apretó.
—¿Y qué hacía?
—Entraba a tu despacho.
Aquella madrugada, mientras Sofía dormía, revisé desde el celular los movimientos de la cuenta de ahorro que Mariana y yo usábamos para emergencias y para la universidad de nuestra hija.