La licenciada Robles no cambió el tono.
—¿Se lo contaste a tu mamá?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Me puso hielo.
—¿Y después?
Sofía tardó en contestar.
—Me dijo que Sergio no había querido hacerlo y que papá no podía saber porque lo iba a denunciar.
Mi celular vibró.
Era Mariana.
Había doce llamadas perdidas y varios mensajes.
Abrí el último.
“SERGIO PERDIÓ EL CONTROL ESA VEZ, PERO YA HABLÉ CON ÉL. NO DESTRUYAS A MI HERMANO POR UN ERROR.”
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba de una forma terrible.
Ya no era la versión de una niña contra la de dos adultos.
Mariana acababa de reconocer por escrito que sabía del incidente.
Guardé capturas y se las mostré a la trabajadora social.
Después presenté una denuncia formal ante la Fiscalía. Nadie salió corriendo a arrestar a Sergio. Un agente tomó mi declaración, pidió copia del informe médico y solicitó que la entrevista de Sofía se manejara mediante personal especializado para no hacerla repetir la historia una y otra vez.